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«La última tarea de la edición cultural para los próximos veinte años me parece que es la recuperación de la felicidad. Quizá el mayor defecto de una editorial cultural, donde necesariamente la atmósfera debe ser laboriosa, sí, pero no burocrática, sea la falta de felicidad. Es una impresión mía, acaso sea una impresión errónea, pero entonces, ¿por qué tanta inquietud y tanto descontento?
¿Dónde se ha refugiado aquella felicidad de hacer cosas? ¿En las editoriales pequeñas, entonces, donde se matan a trabajar? Quizás las editoriales de cierta dimensión corren el riesgo de burocratizar el trabajo.
Añado que la tendencia de una empresa que produce cultura a volverse burocrática, a hacer demasiada “literatura empresarial”, derrochando tiempo y papel, se conjuga con el riesgo de destruir el bien más precioso, el sentido y la práctica del trabajo colectivo.
»

Giulio Einaudi en diálogo con Severino Cesari (traducción de Esther Benítez), Anaya & Mario Muchnik (1993)

Podría haber dedicado sin duda esta presentación a subrayar la creciente necesidad que empuja a empresas y autores en la actual coyuntura del mercado editorial a dedicar una especial atención a aquellos aspectos llamados a mejorar tanto la presentación como la promoción de sus obras.

Si la cita de Einaudi no me desmintiera desde el inicio podría haberme dado a la tarea de pergeñar un preámbulo breve y preciso, de manual, encaminado a transmitirles con una efectista cháchara la certidumbre de que han llegado al lugar correcto; de que no van a encontrar profesional más idóneo en el terreno de la corrección, la valoración crítica de obras y demás aspectos relacionados con la promoción o la comunicación corporativa, que este que les sale al camino; de que pueden, en definitiva, poner tranquilamente sus proyectos (una eufemística forma de llamar a sus ilusiones y anhelos) bajo mi supervisión. Y, por supuesto, todo a un módico precio.

Tal vez eso fuera lo correcto; tal vez eso sea lo que usted espera. Pero, con independencia de que lo aseverado en el primer párrafo sea verdad (ya “aseverar” lleva implícito el valor de dar por cierto algo), nada de lo allí contenido podría alejarnos del fantasma del lugar común, de esa clase de convencionalismo socialmente aceptado contra el que de vez en cuando conviene rebelarse. No hacerlo no solo supone una invitación a considerar a los demás como menores de edad que necesitan ser llevados de la mano, sino que implica el tácito reconocimiento de que aplicamos al libro (a la obra literaria, más concretamente) la mismo estandarizada consideración que a cualquiera de los productos que reposan en los estantes de gasolineras o droguerías.

No se deje engañar, pues, por el sintagma (Servicios editoriales), ese rótulo llamado a seducir a los buscadores de internet y que, con la intención de englobar bajo un nombre genérico una actividad vasta y heterogénea, escasamente puede llegar a transmitir lo que aquí se “vende”. Y digo que no se deje engañar no porque no sea a eso justamente, a ciertas actividades relacionadas con la edición, a lo que nos dedicamos. Digo sencillamente que en un mundo de sofisticadas redes profesionales, de formularios elefantiásicos, de departamentos de recursos humanos muy poco humanos (o demasiado, según se mire), de oropel y mercadotecnia, de una (hiper)especialización, en suma, que con frecuencia desemboca en mera hipertrofia por su propensión a detenerse más en el dedo que en la luna a la que apunta; en un mundillo, digo, el de la cultura, el del libro, en el que el mercantilismo a ultranza y el reinado del talento al peso extiende su dominio por parte de aquellos a quienes se refería Max Weber hace un siglo mientras hablaba de «especialistas sin espíritu, hedonistas sin corazón», me reservo el derecho a cierta disidencia creadora. O al menos, más modestamente, a creer que la profesionalidad y el rigor no pueden, no deben, darse de bruces con una visión que, a riesgo de resultar pretencioso o pedante, llamaría “humanista” de la labor editorial. Concedámosle, pues, a la “literatura empresarial” el espacio estrictamente necesario.

Esta actitud que podría ser confundida con la heterodoxia se torna especialmente pertinente cuando aquello que intencionada o azarosamente ha encontrado el lector no es, no podría serlo, una iniciativa empresarial o laboral, eso que llamamos comúnmente un “medio de vida”, sino una apuesta vital que dentro de unas coordenadas concretas alienta una persona determinada. Quien les habla. Alguien que desde que a los 21 años creara con un grupo de amigos su primer fanzine cultural y presentara su primer espacio radiofónico dedicado a la literatura, no ha dejado de un modo u otro de colaborar, de trabajar, de formarse para poder hoy poner su conocimiento, su experiencia, su voluntad, al servicio de quienes así lo estimen oportuno.

En las secciones siguientes podrá hallar una visión más “técnica” de lo hasta aquí insinuado. Le animo a que me traslade todas sus dudas a través de los medios de contacto que en cada sección se han habilitado. Mi compromiso final no es ni más ni menos que dar lo mejor de mí mismo para que su proyecto crezca. Con los años uno apuntala la certeza de que existen pocas cosas más reconfortantes que la satisfacción por un trabajo bien hecho, el reconocimiento por parte de quien ha depositado en ti su confianza. Esto último, por desgracia, no siempre se consigue. Aspiramos a la perfección sabiendo de antemano que la infalibilidad en este campo (tampoco) está garantizada. Pero, por encima de todo, perseveramos luchando contra el espectro de la «inquietud» y el «descontento» que nos amenazan.

Borges escribió en uno de sus inmortales cuentos que «el concepto de texto definitivo no corresponde sino a la religión o al cansancio»; Italo Calvino se lamentó del «disgusto intolerable» que le producía el hecho de que el lenguaje fuese usado cada vez más «de manera aproximativa, casual, negligente»; Saramago llamó en cierta ocasión a los correctores sus «ángeles guardianes»… Diccionarios, gramáticas, glosarios, manuales de estilo, aplicaciones informáticas (todo aquello que el lector no ve y apenas imagina) forman parte de nuestra caja de herramientas. Es un material de precisión que conviene mantener al día, en perfecto estado de revista, actualizado. Pero practicaríamos el escapismo frente a la realidad si no reconociésemos que son aquellos grandes autores y editores cuyo ejemplo nos estimula quienes nos marcan el camino y nos sirven de inspiración.

Vale.

José María Matás.

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