Nembrot o la aventura del relato

Plaza Jema-el-Fna de Marrakech. Comienzos de esta década. Un editor gallego pasea con su esposa cuando de repente descubren a Juan Goytisolo en animada tertulia en la terraza del Café de France. Tras una breve presentación, son invitados a tomar asiento y al poco escuchan al autor de La saga de los Marx deshacerse en elogios hacia un escritor paisano del primero que resulta no solo ser “uno de los tres mejores novelistas de las letras actuales españolas”, dicen que dijo Goytisolo, sino también José María Pérez Álvarez.

De regreso a casa, el suceso tuvo lugar a comienzos de la presente década, el editor se preocuparía de encontrar a aquel raro autor orensano al que el propio Goytisolo se había encargado de bendecir después de que en 2003, tras aludir a Nembrot durante un acto en la Feria del Libro de Madrid como ejemplo del “texto que perdura” frente al predominante “libro-hamburguesa”, terminase seleccionándola como la novela española del año en el Times Literary Supplement. Nacía así una estrecha colaboración que hasta la fecha se ha traducido en la publicación de dos novelas (Tela de araña y Examen Final) y en la reciente y felicísima reedición de aquella obra originalmente publicada por el extinto sello DVD en una versión que recupera los quince capítulos censurados originalmente por el autor, sumando así doscientas nuevas páginas que suponen otras tantas nuevas razones para su lectura (o relectura).

Porque Nembrot (Transmigraciones y máscaras), más allá de sus azarosos lances editoriales, de su entusiasta recepción crítica y de sus modestas ventas, es, como le diría el poeta argentino y plagiario Ernesto Bralt a Horacio Oureiro –la voz principal de entre las muchas que animan el relato–, “caza mayor”, una novela eminentemente literaria que no dejando de ser, como todas –y aquí recogemos una de las numerosas metadigresiones que pueblan la obra de Pérez Álvarez–, “una abundancia farragosa, una inutilidad, una exageración”–, se inscribe con brillantez dentro de una de las más fértiles ramas del siglo XX, la de la novelística, en expresión de Blanchot, que “va hacia sí misma” y que protagoniza ese giro al que aludía Jean Ricardou que convierte el relato de la aventura en la aventura del relato.

Podríamos decir, por robarle algo parecido a un argumento al propio texto, que Nembrot es una historia de amor homosexual entre “dos ciegos que se buscaban en una habitación, pero tropezaban con los objetos sin encontrarse jamás”. Pero como señalaría el poliédrico Bralt, ante una vida que suministra “una exigua cantidad de argumentos recurrentes”, lo importante estriba en la “diversidad tonal”. Y es aquí donde Pérez Álvarez, desafiando el previsible desencanto, por otra parte tan común, del que dan cuenta muchos de sus personajes escritores de no alcanzar más que una copia mala de lo esperado, logra extraer de esa oscuridad primordial un artefacto preñado de vida, esto es, de buena literatura.

Nembrot, y aquí todo juicio no puede ser más que provisional, constituye una cima al tiempo que un parteaguas en la carrera literaria de un autor que ya contaba con una dilatada trayectoria a sus espaldas en el momento de su aparición. Todo lo anterior y lo posterior, el humor, el pesimismo, París, los excesos etílicos, las pensiones, las cucarachas, la prosa fulgurante y musical, la hibridación de lo elevado con lo popular, la vida como representación, la presencia opresiva y desolada de los paisajes gallegos, esa tela de araña de la que penden obsesivos leitmotivs y por la que transmigran unos personajes (sombras que proyectan sombras) ensimismados que se abandonan “a esos inútiles ejercicios de relatar su vida como si nuestras existencias fueran singulares, como si nacer fuese otra cosa que un irreparable error”, todo aquello en definitiva que se alza frente al “monstruo ceñudo del sentido común”, como expresara Nabokov,  que acecha al escritor para advertirle “que el libro no es para el público en general, que el libro nunca se… v-e-n-d-e-r-á”, encuentra aquí su acomodo en sus justas (lo que equivale a decir desmesuradas) proporciones, con una irreprimible y casi avergonzada ansia de perfección que se ve favorecida por la estructura circular del relato.

Pues pese a todo, aunque compuesto de fragmentos, interpolaciones y borrones, Nembrot no es una obra experimental al modo del Finnegans Wake, el OuLiPo o, por citar un ejemplo más reciente, La casa de hojas de Danielewski. Los abundantes y variados recursos literarios e intertextuales –animados por los babélicos ecos de Kafka, Joyce, Onetti, Beckett, Cunqueiro, Cortázar…– que la hacen tan “contemporánea” –que no “actual” –,  encuentran lejanos y prestigiosos precedentes, incluyendo naturalmente a Cervantes, hasta el punto de vernos instados a darle la razón a Baudrillard cuando dice que el arte actual “parece sobrevivir reciclando sus propios vestigios”. Esa certidumbre de que todo está escrito –como decía Borges- que “nos anula y nos afantasma”, que oprimirá las más recientes creaciones de Pérez Álvarez –arrancando con la extraordinaria La soledad de las vocales– y que a medida que la incomunicación se espesa le llevarán a amarrarse al mástil de la escritura como un Lord Chandos frente al canto de las sirenas de la agrafía, aún no ha irrumpido con toda su violencia manteniendo de este modo un equilibrio amenazado por un permanente riesgo de derrumbe.

Podría decirse de este modo que Nembrot es la menos “inacabada” de las novelas de Pérez Álvarez, aquella en la que este autor que no sabe, que no puede, que no quiere escribir de otra forma, mejor aprovecha esa “enfermedad”, esa “maldición” que es la literatura para abrazar si no la “fama” –que tal y como previenen al Peregrino en el Canto XI de la Commedia, es como el color de la hierba: el mismo sol que la hace crecer también la seca– sí al menos el profundo agradecimiento de sus dichosos lectores.

 

[Publicado en ABC Cultural, 18 de marzo de 2017].

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