La vuelta al mundo en 29.870 millas náuticas de Lorenzo Bello

 

En una célebre carta del joven Nietzsche a Carl von Gersdorff, el autor de Genealogía de la Moral, criticaba refiriéndose a cierto tipo de filólogos de su época y a la mirada con que estos contemplaban la Antigüedad, a aquellos que «se colocan demasiado cerca del cuadro e investigan una mancha de aceite, en vez de admirar –y lo que es más– de gozar los grandes y audaces rasgos del cuadro».

No podía evitar recordar este pasaje, tan extemporáneo en muchos sentidos, mientras leía este libro, pues pocas posibilidades parece tener un hombre de admirar los rasgos del gran cuadro que es nuestro mundo de forma más intensa y plena que entregándose  a la contemplación ociosa y placentera de sus paisajes y paisanajes. Y esto es lo que realiza Lorenzo Bello por espacio de más de dos años y terminará cuajando en Viaje alrededor del mundo durante la Gran Guerra, una obra publicada por Calpe –bajo la dirección editorial de Ortega y Gasset– a principio de la década de los 20 y que tras dormir durante casi un siglo el sueño de los justos resucita a través de una edición revisada, anotada y enriquecida con material extra, de la mano de la editorial andaluza Ginger Ape Books& Films.

Indudablemente, tanto como lo que se cuenta, de manera particular tratándose de una crónica de viajes, o de la crónica de un gran viaje, como en este caso, importa preguntarse quién es nuestro relator. Y en este sentido, en tiempos propicios para la exhumación de prominentes figuras del periodismo español de la primera mitad del siglo XX, el lector se permitirá aquí la satisfacción de añadir a su nómina de eximios representantes del género rehabilitados en los últimos tiempos –de Camba a Chaves Nogales, de Gaziel a Luis Antón del Olmet–, a otro nuevo «militante» que, si bien por su escasa obra y su posición periférica puede ser tachado tranquilamente con la odiosa etiqueta de de «menor», merece ya por este librito hacerse un hueco más que honroso en nuestras bibliotecas.

Más si cabe por esa condición de habitante del extrarradio mundial,  Lorenzo Bello Trompeta (Alba de Tormes, Salamanca, 1874 – Barcelona, 1938), fue un testigo excepcional y privilegiado a la hora de ofrecer una visión global del estado de nuestra civilización en tiempos de la I Guerra Mundial. Hermano de Luis Bello, eminente periodista y político  –miembro de Acción Republicana, formó parte de la comisión que redactó la Constitución de 1931– Lorenzo, que había cursado estudios de Derecho en la Universidad Central de Madrid, fue uno de esos miles de españoles que buscaron fortuna en las colonias en un momento en el que el viejo Imperio Español se encontraba al borde de la desintegración.

Entre las brumas que rodean la figura de esta singular figura prácticamente olvidada, hoy sabemos que debió sentir fuertemente el hechizo por aquel remoto rincón de las Indias Orientales españolas a las que, convertidas ahora en colonia americana, regresaría tras los sucesos de Cavite y Manila para ponerse al servicio de la Compañía General de Tabacos de Filipinas. Fue este probablemente el periodo más prolífico de su vida, pues durante casi veinte años, alternó esta dedicación con una actividad intelectual incesante que desarrolló en el campo del periodismo y en el fomento de centros como la Institución Cervantina de Manila, consagrada a la propagación de la lengua española.

Sin embargo, después de unos años de sedentarismo, ese espíritu aventurero que le había, muy jovencito, impulsado a abandonar su país, volvió a manifestársele cuando decide regalarse unas largas vacaciones emprendiendo una extraordinaria singladura que a partir de junio de 1917 llevará a este estudioso entusiasta de la navegación de Indias, partiendo de Manila y con  un breve entreacto en Barcelona, a recorrer los mares y océanos del mundo. Esos dos años de navegación –que preludiaron su retorno a España, donde se estableció finalmente sin dejar de participar, aunque de forma modesta, en la vida intelectual de su tiempo antes de morir en Barcelona en plena Guerra Civil–, constituyen el objeto de esta colorida, amena y penetrante crónica, y son la mejor muestra de este espíritu gentil, curioso y burlón que, si nos dejamos guiar por sus escritos, debió adornarle.

Lorenzo Bello es testigo de un mundo en rápida transformación cargado de contrastes. Su visión, rápida, pero no superficial, es la del hombre cosmopolita que asiste con admiración a los milagros de la civilización industrial que se entreveran con tradiciones ancestrales y el exotismo de lo ajeno. En el fresco del pintor no es el del choque de civilizaciones el que despunta, sino más bien la instantánea de un mundo que se ha hecho ya global, una perspectiva que se agudiza en tanto el viajero pasa la mayor parte de su tiempo en naves transatlánticas, ciudades portuarias y lo que hoy llamaríamos puntos de interés turístico, zonas de tránsito en definitiva por las que desfilan en atrabiliaria mezcolanza businnes men, misioneros, periodistas, marinos, trotamundos, cazafortunas, estafadores, predicadores callejeros y soldados movilizados: un mundo en veloz proceso de hibridación que ya anticipa lo que unas décadas más tarde constituirá lo que llamamos multiculturalidad y en el que conviven con naturalidad los rickshaws con el transtlántico, los vapores tísicos del Mar de la China con las locomotoras de la Union Pacific que unen las dos costas de un Estados Unidos que no es ya el que reflejarán las películas del Oeste del incipiente Hollywood, sino el gigante industrial y democrático que preconiza su hegemonía sobre una Europa devastada por la Guerra. Un mundo, en definitiva, que ya no es el de Conrad o London, sino el de Dos Passos o Scott Fitzgerald.

¿Quiere esto decir que en el retrato de Bello se borran las diferencias? ¿Que el salto gigantesco dado en las comunicaciones y el consecuente estrechamiento del mundo que este acarrea ha terminado por homogeneizar culturas y sociedades?  En absoluto. Sin abusar del pintoresquismo que con frecuencia lastra el género, una de las características de la obra es la capacidad que su autor ostenta a la hora de caracterizar con breves brochazos eso que se ha venido en llamar –y puesto en práctica a veces con consecuencias funestas, como sabemos–, el «espíritu de los pueblos». Así, de los ingleses, Bello destaca, por ejemplo, esa «sobria amabilidad», ese «espíritu de respetuosa tolerancia y libertad del que no puede desprenderse, ni en tiempo de guerra, el admirable señorío inglés»; o de los chinos su particular predisposición hacia el comercio, que hace del depen­diente de este origen un ser «instruido, elegante, infatigable, políglota y conocedor del carácter, los gustos y debilidades del com­prador europeo», esto es, alguien sin rival «en inteligencia y dominio del negocio» consagrado de forma febril a comprar y vender hasta altas horas de la noche «realizando el esfuerzo victorioso del máximo de rendimiento con un absurdo mínimo de gastos, que es el secreto del trabajo chino».

Mención aparte merece el análisis que de la sociedad estadounidense traza el autor, no ya solo por la extensión que ocupan en el libro sus impresiones sobre aquel país, sino por la agudeza, en ocasiones rebosantes de mordacidad, de las mismas. Estados Unidos, que el autor atraviesa en ferrocarril de costa a costa, es descrito como un país que vive una especie de fiebre mercantil («en América se anuncia todo») y en el que todo, los hoteles, los transportes, las jornadas de trabajo funcionan con mágica exactitud, «a la americana; queremos decir funcionando todo bien, limpia e higiénicamente.» Incluso allí donde la naturaleza en todo su esplendor sorprende al observador, en «los valles risueños» de California o «las áridas y desiertas llanuras alcalinas de Nevada», no deja de aparecer la impronta del hombre nuevo americano:

La ponderativa admiración yanqui no podía dejar de manifestarse gráficamente ni aun en aquellas salvajes alturas de la sierra. En grandes letreros de madera pin­tada, clavados en los terraplenes, se le advertía al viaje­ro: «¡Sírvase admirar el panorama desde el summit —o cima—, el más grandioso del mundo! ¡Está usted a 7.019 pies sobre el nivel del mar!». Aquellos chillones letreros eran lo único que sobraba en un paraje cuya grandeza no necesitaba ciertamente de reclamo.

Estados Unidos es «el país ideal de la mujer libre, privilegiada y celosa de sus intangibles derechos». El ideal feminista ha convertido a la mujer norteamericana, «libre», «valerosa», «responsable», «sensitiva», «vibrátil», «lectora apasio­nada», «que piensa y siente intensamente y que se interesa por todos los temas que la vida», en un ser dotado de plenos derechos, en «la moderna mujer ideal». Pero esto, que bien podría ser considerado digno de encomio –dentro de la natural extrañeza en la que pudiera subsumir a un «caballero» español de aquel tiempo– dista de ser contemplado en términos plenamente positivos. Al fin y al cabo, dice Bello, «Diríase que hombres y mujeres, que se agitan en aquella vida premiosa y me­canizada de las grandes oficinas de Nueva York, son el último producto asexual y desapacible de la civilización moderna».

Y es que junto a la admiración que al viajero, hombre de negocios y de mundo, le provoca el espectáculo de la vida estadounidense, emerge una crítica radical henchida de un profundo desaliento al contemplar el espectáculo de la bullente e implacable civilización industrial. Y si Chicago le había disgustado por «sus interminables vías simétricas», por sus «milla­res de edificios de ladrillo y cemento armado, todos del mis­mo horrible carácter de modernos falansterios», por «el fragor infernal del tráfico» que ensordece al visitante, por ser la sede de «aquel mundo portentosamente trágico de la industria moderna en el más sangriento y sucio de sus aspectos» (el de la industria cárnica), Nueva York va a convertirse en el símbolo de la versión más descarnada del capitalismo moderno. Esta sociedad en la que si bien un hombre, gracias a su perseverancia y talento, es capaz de levantar de la nada una fortuna personal de 50 millones de dólares, muestra su rostro feroz para el hormiguero humano que trabaja «en las grandes fábricas, en las casas de comercio, en los Bancos, en los grandes trusts», para quienes, en definitiva, no son más que piezas de un inmenso engranaje que pueden ser reemplazadas en cual­quier momento y para las que rige nada más que la ley del rendimiento. Este laborioso y dinámico país de las oportunidades, en el que los sueldos y jornales han crecido como en ningún otro lugar del mundo, es al mismo tiempo solaz de lacerantes desigualdades sociales que Bello, en algunas de las páginas más vibrantes de la obra, se va a encargar de detallar. Vemos así cómo empleados útiles que llevan en una misma empresa quince o veinte años de servicios son arrojados por el desagüe por la más ligera falta o simplemente una vez han dejado de ser productivos, ya por vejez o enfermedad. En semejantes condi­ciones de selección violenta, dice Bello, «el naufragio de los inadap­tados, de los inútiles, de los débiles, está descontado». Y así es habitual que los bancos de los paseos y de las plazas de Union y Madison estén poblados «por el torrente de esos náufragos del ver­tedero humano de Nueva York», adquiriendo, de este modo «la miseria de los fraca­sados», en el país más próspero del mundo, «los más tétricos matices», una oleada de «despojos humanos procedentes de todas las partes del mundo viviendo su drama cotidiano».

Y así, como en una película de Chaplin o del joven Lang, las páginas de esta crónica amable, se tiñen por momentos de tonos sombríos:

 

«Gentes detenidas por las ordenanzas urbanas al borde de la mendicidad. Hombres y mujeres jóvenes solitarios mostrando sin ru­bor los zapatos destrozados, las ropas raídas en rápida de­cadencia, que no ha mucho fueron vistosas y elegantes. Tipos de europeos meridionales, de mejicanos, de judíos, de rusos, de armenios, con los rasgos raciales semiborra­dos entre el indumento común, librea del fracaso. Hom­bres de facciones finas y porte distinguido, escuálidos y abatidos; mujeres que fueron bellas, con el rostro ajado prematuramente, rodeadas de niños anémicos, esperando el regreso del marido, del padre, procedente del penoso buceo diario. La abulia retratada en la mayor parte de los rostros muestra la impotencia de aquellos seres inútiles para el campo, para las fábricas, para las oficinas, en el país hospitalario por excelencia, que acepta todo hom­bre, toda mujer útiles, cualquiera sea su procedencia. El ánimo se ensombrece contemplando, en el corazón de la opulenta metrópoli del dólar, aquellos productos transat­lánticos absurdos, que no sirven para nada y que desapa­recen rápidamente en los hospitales o en la repatriación consular, siendo renovados constantemente en el flujo y reflujo tormentoso e implacable de aquel inmenso océano de seis millones de almas».

 

Junto a la pintura de la sociedad urbana estadounidense, como cabe suponer desde la misma cubierta, la I Guerra mundial es una referencia permanente. Solo hay que tener en cuenta que Bello empieza su viaje coincidiendo con la entrada en el conflicto de EE.UU, y que aún no habría completado su periplo –su barco se encontraba atracado en Durban– cuando año y medio más tarde se produjo el armisticio:

 

«El 11 de noviembre —fecha memorable—, a la una de la tarde, nos hallábamos tendidos en la litera después del almuerzo, cuando, de pronto, tronaron las baterías del Bluff. Las sirena y las campanas de todos los vapores del puerto unieron su voz al concierto, y en un momento, so­bre el ambiente primaveral de la ciudad africana, flotaba un fragor indescriptible de entusiasmo. Comprendimos, y de un salto nos incorporamos gritando: «¡Viva Francia!». Fue aquel un grito espontáneo, instintivo, la voz del co­razón oprimido por el espectáculo de cuatro años de san­grienta lucha. Los aliados habían ganado la guerra, y la habían ganado gracias al tesón heroico de Francia, base de toda la resistencia».

 

Sin embargo, lejos de lo que pudiera sugerir el título, los pasajes en los que se habla directamente de la contienda son escasos y generalmente breves. La Guerra es en Nueva York las oficinas de reclutamiento para la guerra por la per­suasión, la presencia de un gran crucero acorazado de madera que sirve de regocijo a los chiquillos, los camiones con bandas militares que reco­rren las calles, los oradores que se animan en plena calle a lanzar sus arengas patrióticas, las estruendosas ovaciones a la causa aliada en los cines y teatros. La Guerra es en alta mar las interminables discusiones acaloradas «con los más pintorescos aspectos del fecundo tema» que viene ensombreciendo el mundo durante los últimos cuatro años. Las matanzas, en todo caso, no llegan a turbar la emoción del viaje, la sed de disfrutar del momento presente allí donde la vida se afirma poderosa atravesada por el temblor de que no puede desperdiciarse el privilegio de vivir en paz, con el estómago lleno, mientras al otro lado del mar otros se despedazan.

El viaje constituye, pues, una realidad paralela, o una tregua dentro de un mundo que ríe y llora al mismo tiempo y en el que la guerra se muestra casi siempre elíptica, como una sombra que aleteara difusa sin llegar a posarse, casi fuera del tiempo, o en todo caso, a modo de una vaga anticipación del mañana conforme la travesía se acerca a su término. Los soldados movilizados, los barcos hostiles confiscados en los muelles, y hacia el final del viaje, la «guerra submarina sin restricciones» impuesta por las potencias centrales que provoca el desasosiego entre los tripulantes, no terminan, de este modo, de instalarse en el primer plano de un relato en el que se privilegia lo intrahistórico sobre el cuadro del cataclismo histórico que está en curso.

Bello, desde este punto de vista, se cuida mucho de dejar volar su imaginación o de abandonarse a cualquier tipo de divagación etérea. Incluso cuando cierta tentación ensayística le arremete y se atreve a lanzar juicios más o menos taxativos o concluyentes como los que vimos más arriba sobre la sociedad estadounidense, parte siempre de su experiencia concreta con personas concretas que le van saliendo al paso. Este método «inductivo» resulta sumamente eficaz a la hora de dotar de autenticidad a un texto que no pretende afantasmar a nadie por los quilos de erudición que pudiera contener –aun cuando el autor fuese una persona más que leída–, sino arrancarle un trozo de vida a la realidad sin que esta caiga momificada sobre el papel. Las sensaciones del viaje consiguen así mantenerse frescas pese al tiempo transcurrido, resultar reconocibles, y «ese interés, esa curio­sidad, alto y noble placer del espíritu» que mueve al viajero que se abre al descubrimiento, resultan contagiosos.

Escenas como el breve encuentro con un bolchevique de origen español, quien le escupirá una «frase, hiriente y dura», que «se clavaba en la mente como la barra horadadora», o  el regreso a España y el choque con la dura y miserable realidad que le aguarda en el puerto de Cádiz son memorables. La prosa rica, nunca recargada, renuente al exceso verbal y poco dada a la efusividad aunque no impermeable al sentimentalismo ni a un lirismo oportunamente dosificado,  constituye otro hallazgo. Tiene Bello la rara virtud de saber decir mucho con pocas palabras al tiempo que de manejar con brillantez el hoy tan denostado arte de la descripción. Y ese tipo de páginas que hoy sin complejos muchos no dudarían en saltarse (porque para eso ya está la fotografía o el vídeo) y que se detienen en vistas, costumbres o situaciones de la vida cotidiana, resultan un gozo para quienes gustan de paladear la magia verbal que un párrafo encierra y nunca han estado muy convencidos de aquello de que más vale una imagen que mil palabras, pues ambos apelan a modos de percepción diferentes y complementarios.

 

«Una sensación de abandono, de olvido, de ofrenda de todo nuestro ser, invade el ánimo ante la grandiosidad serena del espectáculo. El rasgueo in­sistente del agua por el tajamar levanta en los costados un hervidero adormecedor, como un lecho suave de espumas que adquiere por las noches un resplandor fosforescente. Las campanas de a bordo pican las horas, sonando las notas como débiles latidos humanos, que mueren inme­diatamente en el aire fugitivo. Los ruidos del barco, los silbidos de los contramaestres, el repique de los paleros en los relevos, el golpe de los émbolos, las risas del pasaje, los gritos de los niños, las notas de un piano, van quedando atrás para siempre en la inmensa sabana ondulante, mu­riendo y borrándose como la estela del vapor. Nos sentimos tan solos, tan débiles, tan invisibles ante aquella conjunción insondable del mar y del cielo, en medio del Océano, que nos asalta un instante la emoción terrible de los salmos de Rabindranath Tagore al imagi­narse contemplar a Dios cara a cara. Quisiéramos huir; pero algo nos clava, nos adhiere a la borda, frente a las olas, y todos los días deseamos sentir un momento esa emoción enloquecedora asomándonos fuera de nuestro pequeño mundo flotante. Después volvemos instintiva­mente a la vida, a nuestra vida humilde, tan insignificante y tan amada, y nos refugiamos presurosos entre el bullicio de los pasajeros que se dedican a la principal ocupación de las largas travesías: la conquista de las horas.»

 

En definitiva, 29.870 millas náuticas después, y pese a que en la última parte del libro la crónica pierde algo de fuelle, Bello consigue brindar al lector por medio de  esta singular, práctica y colorida bitácora de vivencias y observaciones de un viajero que no teme presentarse como un simple turista (frente al pavor snob que se obceca actualmente en separar ambos conceptos), un libro de viajes único, que bebe lejanamente del espíritu regeneracionista descargado de la opresión en el pecho de los autores del 98 y que mantiene, si no plenamente su jovial frescura original, desde luego un interés renovado por el largo intervalo que media entre su escritura y el presente.

Modernos, cultos y elegantes argonautas, he aquí un «pálido ensayo de una apología del viajar» que es al tiempo un canto de vida (y de esperanza) y de fe en el progreso.

 

 

Portada perfil Viaje alrededor del mundo mediano
Viaje alrededor del mundo durante la Gran Guerra.
Lorenzo Bello.
Ginger Ape Books&Films.
Edición a cargo de Marvin Thompson.
Colección: Hecatonquiros.
Número en colección: 04.
328 páginas; 21 x 14 cm.
Rústica fresada con solapas.
ISBN: 978-84-941858-3-0
PVP: 21’90 €
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