Silvina es secreta: un retrato de la menor de las Ocampo

Silvina Ocampo.

Existen dos clases de biografías: las que consiguen atravesar los velos que envuelven al personaje revelándonos sus más intrincados secretos, arrojando luz sobre sus zonas de penumbra y desenredando sus contradicciones a veces hasta el extremo de presentarnos –en ocasiones un solo dato basta para que nuestra visión cambie por completo–, a un hasta entonces completo desconocido; y las que, por otro lado, no pretenden o no logran ir más allá de la representación de un fresco móvil en el que el personaje se nos escapa a cada instante, no consigue ser nunca completamente enfocado para derramar sus múltiples identidades, esa «pluralidad en la unidad», a lo largo de las páginas del libro.

Las primeras, que podríamos llamar «centrípetas» están como surcadas por unos senderos perfectamente delimitados, a menudo simétricos, que el lector puede recorrer más o menos con facilidad. Tienen pasamanos y generalmente conducen a unos apeaderos amplios aunque, en última instancia, ya sabemos de antemano cuál es en todos los casos la estación final de trayecto. Frente a esta visión ordenada y racional, como de jardín francés, que se superpone como un mapa sobre la vida de un hombre o de una mujer, las otras –«centrífugas»– dibujan la imagen de un laberinto que nos obliga constantemente a avanzar y retroceder atravesando diferentes zonas de luz y de oscuridad, para en la mayoría de los casos, no encontrar la salida.

En unas la figura del biógrafo llega a interesar tanto como la del biografiado. Es el aventurero que se adentra en terra ignota para regresar triunfante dándonos a conocer el fruto de sus exploraciones. En las otras, por el contrario, el mayor gozo proviene de la claudicación ante la imposibilidad de rendir el misterio. Tras salir de la lectura de La hermana menor el lector tiene la sensación de encontrarse en este segundo «tipo», de que apenas se ha limitado a dar vueltas en círculo alrededor de un secreto que se resiste a ser desvelado, de que a pesar del centón de datos que su autora, Mariana Enríquez, aporta, del asedio al que ha sometido a la biografiada, esta se le ha escapado «viva».

No supone esto, sin embargo un demérito del libro. Más bien, lejos de colocarlo en el debe de la investigadora habría que reconocerle a Enríquez esa humildad a la hora de concebir su acercamiento a la trayectoria personal de la biografiada. Como dijo Pierre Bourdieu en «La ilusión biográfica»:

Intentar comprender una vida como una serie única y suficiente en sí misma de acontecimientos sucesivos sin otro nexo que la asociación a un «sujeto» cuya constancia no es sin duda más que la de un nombre, es por lo menos tan absurdo como intentar dar razón de un trayecto en el metro sin tomar en cuenta la estructura de la red, es decir, la matriz de las relaciones objetivas entre las diferentes estaciones.

Enríquez, de esta forma, evita tomar cualquier atajo reduccionista, como aquel que se afana en imponer artificiosamente un «orden lógico» a una vida que se nos presentaría forzosamente lineal y «dotada de sentido». El precio de desechar esta «ilusión retórica» es alto, pues en el extremo de ese impulso totalizador encontraríamos una atomización de acontecimientos, testimonios y experiencias igualmente inservible. En el medio no siempre está la virtud, pero en este caso la modestia se impone. Porque además, la biógrafa debe afrontar aquí una dificultad añadida. Silvina, como observa Enríquez rememorando la infancia de la menor de los Ocampo, aquella época en que trepaba al cedro del parque para comer terrones de azúcar con limón mientras la familia dormía, «sabe esconderse». Efectivamente, desde las primeras líneas nos asiste la certidumbre de que «Silvina es secreta».

Un episodio recogido por María Esther Vázquez en un artículo publicado en el número 65 de la estupenda revista Turia, coincidiendo con el centenario del nacimiento de la escritora, nos puede dar una pista acerca del carácter «especial» que habría demostrado poseer la autora desde muy niña. Vázquez relata en este pasaje de «Retrato en borrador de Silvina Ocampo» cómo la muerte de Clara, la hermana que la precedía, dejó una profunda huella en Silvina. Esta, que no había cumplido los seis años al ocurrir la muerte por diabetes de su hermana, que apenas contaba once, recordaba haberle preguntado tiempo después a su niñera cuándo iba a volver Clarita del cielo. «La otra, en vez de contestarle, se echó a llorar. Silvina se asustó y como era una niña muy tímida no volvió a mencionar el asunto, pero como una de sus tías la oyó una noche terminar sus oraciones con esta frase: “Jesús, no permitas, por favor, que vaya al cielo”.» Concluye Vázquez que para Silvina el cielo se había convertido en un lugar atroz que siempre asociaría a «los largos meses de luto riguroso, de espejos tapados, de persianas entornadas, el ancho cinturón negro ciñendo sus vestidos, los lazos negros rodeando las mangas de los trajes…»

La anécdota, coronada por ese «Jesús, no permitas, por favor, que vaya al cielo», resulta significativa en un doble sentido. Por un lado, a cualquier lector de Silvina Ocampo no le habrá pasado desapercibida la similitud que este relato presenta con algunos de los personajes que pueblan las ficciones de la autora, para quien la infancia, las dependencias del servicio, jugarían un papel central. Como dice Enríquez:

De ahí [de la infancia] parecen venir sus cuentos protagonizados por niños crueles, niños asesinos, niños asesinados, niños suicidas, niños abusados, niños pirómanos, niños perversos, niños que no quieren crecer, niños que nacen viejos, niñas brujas, niñas videntes; sus cuentos protagonizados por peluqueras, por costureras, por institutrices, por adivinas, por jorobados, por perros embalsamados, por planchadoras.

Desde Viaje olvidado (1937), su primer libro de cuentos, hasta Invenciones del recuerdo, su libro póstumo aparecido en 2006, y que no es sino una autobiografía infantil, la obra de Silvina nos presenta una «infancia deformada y recreada por la memoria». Pero, por otro lado, el anterior pasaje nos pone en guardia ante la sinceridad de la evocación. ¿Cómo sabemos que dice la verdad? Dicho de otro modo, ¿son sus experiencias infantiles, que tanta fascinación y asombro le produjeron, las que luego le servirían de materia prima para sus fabulaciones? ¿O es su propia imaginación la que termina moldeando su memoria? En cierta ocasión Silvina aseguró en una entrevista a la escritora y crítica Noemí Ulla que su vida no tenía nada que ver con lo que escribía. Sin embargo, a lo largo de las páginas de este libro tendremos la ocasión de comprobar que si bien estos límites son generalmente difusos, en el caso de Silvina se entreveran por completo, que su vida –de ahí la provisionalidad de todas sus afirmaciones, la dificultad de trazar una biografía «fiable»– parece una permanente invención. Tal vez en estos tres versos de «Sacrificios puros» podamos encontrar una de las claves: «Le basta a la mentira, la mentira/¡Pero cuántas mentiras la verdad necesita/Para que la comprendan!». En cierto sentido, nos recuerda a aquel personaje de El desayuno de los campeones de Vonnegut del que nunca se sabía cuándo hablaba en broma o en serio y que, siendo cierto día acosado a preguntas, le contestó a su interlocutor que cuando hablaba en broma, cruzaba siempre los dedos. «Y, por favor, tenga en cuenta –continuó– que al darle esta valiosísima información, tenía los dedos cruzados». Y así siempre.

Por lo tanto, a lo mejor Silvina no miente. Es, más bien, una creadora a tiempo completo.

Esta ambigüedad, en todo caso, sume entre brumas las propias motivaciones e impulsos que la asistieron a la hora de empuñar la pluma y emprender su carrera como escritora. ¿Realmente fue Bioy, como se ha dicho, el que la alentó? Si nos remontamos a sus primeros años parece que la inquieta y extraña hija menor de los Ocampo, una de las familias más acaudaladas y aristocráticas de la Argentina, estaba predestinada a ser pintora. Ella misma lo contaba de un modo muy singular:

Yo fui un poco prodigio en dibujo. En París, a los cinco años, me sentaba debajo de la mesa donde mis hermanas aprendían con un profesor. Caían al piso hojas con orejas, narices y ojos dibujados y yo los recogía como el perro el mendrugo. Un día calqué uno y me salió tan mal que lo creyeron original, lo consideraron un gran dibujo y me consagraron a la plástica.

Si no tuviéramos más referencias, no tendríamos más remedio que aceptar la veracidad del relato. Pero tratándose de Silvina, ¿cómo tomarla en serio? ¿Calcó un dibujo y le salió tan mal que la consagraron a la plástica? La ironía –«yo fui un poco prodigio»– es evidente, pero lo cierto es que durante muchos años –los mismos que veían la irrupción de su hermana mayor, Victoria, como una de las grandes figuras de las letras argentinas–, Silvina se aplicó a su carrera como pintora, llegando a recibir clases en París del propio De Chirico quien, de un modo involuntario, terminaría representando una influencia decisiva para su dedicación a las letras. Una inclinación, esta última, también precoz y a la que, una vez más, Silvina se refiere en términos que rozan la caricatura. Era el periodista Hugo Beccacecce el que recogía la siguiente confesión:

(…) aprendí a contar, en la literatura y en la vida. Mi primer cuento nunca se publicó. Mi profesora me había encargado una composición (yo era una nena); era larguísima, llené doce cuadernos; la profesora se quedó admirada y asustada por la extensión. Me dijo: “Esto no se debe hacer. No hay que escribir tanto, es muy caro. Se gasta mucho papel, mucha tinta, muchas plumas, y mucho tiempo en leerlo”. Desde entonces comprendí que la literatura debía ser barata y, para eso, había que escribir corto. Por eso mis cuentos, en general, son breves, por economía.

Parece evidente que, por mucho que hubiese adquirido cierta fama de avara, en parte por la «frugalidad» de las comidas en casa de los Bioy, la anterior afirmación parece una boutade en toda regla. Como mucho, podríamos darla por buena como alegoría, aunque es verdad que resulta tan exagerada –¡12 cuadernos!–, e inverosímil –especialmente si pensamos que era muy rica– que por los mismos motivos podríamos pensar que Silvina estaba siendo sincera. Como ha dicho Adriana Mancini, su mundo «tiene contornos borrosos; es iridiscente». Esto no implica únicamente la existencia de un diálogo constante entre sus narraciones, o entre sus dibujos y su prosa, sus versos y sus cuentos. Sino que, a su vez, «las declaraciones y comentarios que Ocampo ha dejado en las entrevistas (…) son fragmentos de historias fabuladas diseminados durante tres décadas, que pueden ponerse en relación con sus poemas y sus cuentos, y que, más que aportar datos sobre su biografía, pautan su ficción.»

Esto resulta palpable desde que apareciera la colección de relatos que integran Viaje olvidado, libro de debut que, si bien no provocó un terremoto dentro de la literatura argentina de aquel tiempo, gobernada por su hermana Victoria y el resto de escritores de Sur, sí abrió una grieta que con el tiempo se iría haciendo más amplia y profunda. Como ha advertido la profesora Judith Podlubne en Escritores de Sur. Los inicios literarios de José Bianco y Silvina Ocampo:

Silvina Ocampo abrió una alternativa suplementaria al antagonismo entre las morales literarias de Sur, su singularidad dejó en suspenso los criterios dominantes en la revista. La de Ocampo es una de las narrativas más excepcionales que se desencadenó en la revista. Impensada e inadvertidamente, la escritura de Viaje olvidado se resolvió no sólo al margen del ideal de escribir bien que caracterizó al humanismo literario de Sur, sino también al imperativo de construir tramas perfectas, que definió el formalismo borgeano.

Viaje olvidado no fue un libro, por tanto, que pasara desapercibido. Macedonio Fernández lo recensionó en diciembre de 1937 escribiendo de él que representaba un arte «bueno y genuino»; e incluso Victoria Ocampo, que no fue nada compasiva en su crítica –de hecho, su reseña provocaría un distanciamiento que agrandaría la ya de por sí difícil comunicación entre las hermanas– hizo de la obra una de las más perspicaces y, según se mire, laudatorias observaciones, al afirmar que su autora era «una persona disfrazada de sí misma». Sin duda a Victoria, trece años mayor, debieron provocarle gran confusión y desasosiego aquellas evocaciones de ambientes y personajes trastocados por la fantasía de Silvina y que habían de chocar con los recuerdos que su propia memoria guardaba. Como escribiría mucho tiempo después Enrique Pezzoni: «Reinventar el recuerdo permite a Silvina Ocampo reinventar su propia identidad en cada una de sus creaciones literarias y esta autoimagen distorsionada de Silvina que Victoria encuentra en los cuentos de su hermana desconcierta y le hace decir que Silvina aparecía en ellos como un simulacro de sí misma».

En todo caso, ya aparecen aquí muchas de las constantes narrativas de la autora –la obsesión por las casas, la crueldad, la exageración, sus largos inventarios, la transgresión sistemática de lo real, esas «prisiones que el egoísmo edifica alrededor de nosotros mismos», de las que hablaría Italo Calvino…–, todo aquello que, en definitiva, contribuirá a configurar un mundo propio que, si bien desde un punto de vista estilístico irá evolucionando al cabo de los años, permanecerá como sustrato del que se irán nutriendo sus historias. Silvina, desde esta perspectiva, pese a su proverbial retiro de la escena pública y aunque permaneció ajena a corrientes y modas, fue capaz de encontrar su hueco dentro de la historia literaria de un país que emergía como una potencia de primera fila por la cantidad y calidad de sus autores, amalgamando muchos de los itinerarios que por aquel entonces se estaban recorriendo e imprimiéndoles su particular huella. Como en apretada síntesis aprecia Nacha Martí, «su escritura está cruzada por líneas diversas». Y de este modo, pese a diferir en las formas con Borges y Bioy Casares, compartía con sus compañeros en la edición de la célebre Antología de la literatura fantástica la predilección por lo extraño; con su también amigo Mujica Láinez, el gusto por la convivencia entre lo real y lo fantástico; y con Roberto Arlt ese coloquialismo tan particular que también la emparentaría con otro autor al que admiraba (el sentimiento era recíproco): Julio Cortázar. Dicho de otro modo, en tiempos en que la escena literaria argentina se polarizaba –largo sería intentar explicar aquí lo que de artificial en muchos casos tenía esa clasificación– entre el grupo de Boedo y el de Florida, Silvina sigue su propio camino e incorpora a su literatura elementos que parecían irreconciliables, como el gusto por la truculencia, por un lado, y cierta afectación estilística o la economía expresiva, por otro. Bioy Casares acertó en el centro de la diana cuando dijo: «Silvina escribía como nadie en el sentido de que no se parece a nada de lo escrito y creo que no recibió influencias de ningún escritor. Su obra parece como si se hubiera influido a sí misma.»

De todo esto, la también narradora y ensayista, amén de reconocida periodista Mariana Enríquez, va dando cuenta a través de una serie de cuadros que permiten al lector seguir la trayectoria literaria de la escritora a lo largo de más de cincuenta años. Vemos de este modo cómo Silvina va construyendo un universo en que lo femenino se impone –Patricia Nisbet en su monografía Fantasies of the Femenine hace una valiosa aportación a este respecto–, el sentido se diluye, lo «extraño» se convierte en ordinario y, en definitiva, la escritura corre en busca de una «libertad total». Como escribiera Matilde Sánchez:

A lo largo de cuatro décadas, su narrativa fue pasando gradualmente de la imaginería libresca de la clase alta –del impresionismo a lo Katherine Mansfield, en Viaje olvidado, su primer volumen de cuentos- a los demonios verdaderamente eróticos de la clase media –en Las invitadas-; de los relatos delicados con referencias cultas a breves episodios con tratamiento de mitos urbanos, de la biblioteca de la casa a los foros desacreditados del chisme de vecinas. Fue pasando, en fin, del tú a la disolución de la persona gramatical –en relatos como “Hombres animales enredaderas”.

Pero sería inducir a error sugerir que La hermana menor, pese a estar bañado en literatura y suponer una magnífica introducción a la obra de Silvina Ocampo, es un libro de crítica literaria. Las oportunas referencias a su obra completan el «retrato» y nos permiten elucidar algunos aspectos, como la supuesta infravaloración de la figura de Silvina Ocampo como escritora, que Enríquez se encarga de desmontar, por si hubiera alguna duda, con sólidas pruebas. No, Mariana Enríquez, que acredita atesorar un profundo conocimiento de la obra de Silvina, dosifica debidamente toda esta información, que pone al servicio de la elucidación de la poliédrica vida y personalidad de la escritora.

Y en este sentido, las relaciones que Silvina mantuvo con algunas de las personas más significativas de su vida, de su hermana Victoria a su marido Adolfo Bioy Casares, pasando por una larga lista de personajes ya egregios, ya desconocidos para el gran público, ocupan un papel preeminente. Tanto se ha escrito al cabo de los años, y con tanta inexactitud cuando no directamente malicia, sobre su vida privada, que Enríquez se preocupa fundamentalmente de desembrollar lo dicho y publicado, algo que, huelga decirlo, a tenor de las versiones contradictorias sobre unos mismos hechos, no siempre es posible. En este sentido, sin caer en la chismografía pero sin pasar por alto los puntos más turbios o delicados, la investigadora se sume en una labor detectivesca con la que si bien no consigue encajar todas las piezas, nos permite un acercamiento lo más cercano y veraz posible. La vida, al fin y al cabo, tampoco es un puzle.

Tal vez para algunos suponga una decepción comprobar, terminada la lectura, que siguen sin saber con certeza si Silvina Ocampo y Alejandra Pizarnik fueron amantes –aunque todo invita a pensar que la segunda sí habría estado dispuesta a serlo–; si mantuvo un affaire sentimental con su suegra, Marta Casares, la madre de Adolfito; o siquiera si Silvina fue lesbiana o tuvo otros amantes –esto último parece más acreditado. A quienes no nos preocupa demasiado conocer qué revistas pornográficas consumía Kafka, cuáles eran las escatológicas fantasías de Joyce o la cadencia masturbatoria de Flaubert –sobre todo esto existen estudios «serios»– la falta de evidencias a este respecto no nos decepciona en absoluto. Enríquez ha hecho bien su trabajo, ha rebuscado en bibliotecas y hemerotecas, ha recopilado numerosas fuentes orales y se ha cuidado de emitir juicios concluyentes basados meramente en conjeturas. Sobre el resto de «sabrosas» anécdotas que jalonan la vida de Silvina, especialmente las que tienen que ver con la relación con su adúltero marido, hay que reconocer que casi todo era ya conocido. Valga como ejemplo este pasaje de las Memorias de Bioy en el que este aborda su relación con Silvia Angélica García Victorica (Genca):

Una noche, después de una reunión en casa, Carlos Mastronardi exclamó: Genca está poderosísima. Gracias a este comentario advertí la belleza de Silvia Angélica, la sobrina de Silvina. Poco después fuimos amantes y empezó para mí un largo periodo de querer mucho, de ser muy querido, de vida atareada, con tenis a la mañana, amores por la tarde, lectura y escritura no me pregunten cuándo, pero puntualmente cotidianas, como lo atestiguan mis libros y diarios de la época.

Los diarios y memorias de Bioy están llenos de estos episodios que eran –incluido el de la apasionada relación con Elena Garro , quien describirá cruelmente y de forma nada disimulada a Silvina en Testimonios sobre Mariana– perfectamente conocidos por su esposa. También, aunque de pasada, algunos de estos amoríos del autor de La invención de Morel fueron descritos por quien trabajara para el matrimonio durante más de cincuenta años, la emigrada gallega Jovita Iglesias. En Los Bioy, una historia de vida aparecida en 2001 y coescrita por Silvia Renée Arias –obra que, por su valor testimonial, Enríquez se encarga de citar con frecuencia– se nos contaba este episodio que ciertamente pone un poco los pelos de punta. Dice Iglesias refiriéndose al tiempo, la última etapa de su vida, en que Silvina estaba ya prácticamente postrada, incapaz siquiera de reconocer a sus semejantes:

Estaba también el hecho de que alguna íntima de Bioy, que se había instalado en la casa cuando la señora se había informado de gravedad, planeaba con alguien más los viajes a Europa delante de ella. Silvina sufría horrores. La sensación que tenían esas mujeres es que Silvina ya no contaba. A mí todo eso me hacía muy mal.

-¿No pueden hablar en otro lugar y no delante de ella? –les preguntaba-. Por favor, ¿no ven que la señora se desespera?

Ni Jovita, pese a evidentemente reconvenir esta actitud, ni Enríquez al abordar estos espinosos capítulos en su libro, juzgan en términos moralizantes. De algún modo, ni Bioy podía evitar hacer esas cosas, ni Silvina, que sin duda sufría –conmueve esa imagen de la esposa sentada en una silla junto a la puerta esperando que el marido regrese de sus citas, para acabar huyendo por el pasillo al oír sus pasos–, podía evitar amarlo. No era la suya una relación «convencional», qué duda cabe, como no eran ordinarios en ningún sentido ninguno de los dos miembros de la pareja: ni el Bioy que siempre regresaba al hogar de sus encuentros con puntualidad suiza, ni la señorita de la alta sociedad que comunicó a sus hermanas que acababa de contraer matrimonio con el guapo mocetón a través de este entusiasta telegrama: «Caséme con Adolfito. Besos. Silvina». Aunque, eso sí, pese a la política del perdón sostenida durante años, la escritora hubo de almacenar un larvado resentimiento que explicaría el que durante los últimos meses de su vida le retirara la palabra a Bioy. Si era la forma de vengarse por toda una vida de traiciones es algo que no sabemos, aunque lo que resulta indudable es que esto mortificó al eterno conquistador.

Al final, todo aquello que no acapararía los titulares de la prensa sensacionalista, aunque a veces esta se disfrace bajo la capa de la erudición, resulta lo menos interesante del personaje. En última instancia, lo que nos atrapa es la magnética, poderosa imagen que emerge de la figura menuda de aquella mujer de piernas perfectas –«como Marlene Dietrich», diría su secretaria Elena Ivulich–, y enigmática, casi huidiza belleza. En Butler. Conversaciones con María Esther Vázquez, el artista –nos recuerda Enríquez– recordaba a Silvina de este modo:

 

Atraía en ella ese encanto misterioso, reticente de las mujeres vueltas sobre sí mismas, ensimismadas en el descubrimiento de su propia naturaleza. Además, siendo muy inteligente y sin prejuicios, se detenía en las cosas como si las viera por primera vez. Era una mujer extraña y sensual, muy atractiva y distante.

Podemos hallar muchas semblanzas similares, por la reiteración de determinados epítetos, prácticamente intercambiables. «Ella era muy original», solía decir Bioy Casares, tratando de ser caballeroso, rehuyendo el primer adjetivo que a cualquiera se le hubiese venido a los labios: «excéntrica». En realidad Silvina era algo más. Como dice Enríquez: «Desopilante, impredecible, graciosa, perversa: todos los adjetivos de la sorpresa perpetua.»

Su obsesión por los mendigos, por los sirvientes, por los trabajadores y los pobres, pero sin que ese amor se transformara nunca en ningún tipo de conciencia política o social; su feminismo involuntario, tan radicalmente distinto del militante de su hermana Victoria; su pasión por el campo de la provincia de Buenos Aires, que consideraba como «lo más hermoso del mundo»; su compleja relación con la maternidad –ella no podía tener hijos–, que la llevó a convertirse en madre de la hija de una de las amantes de Bioy; el humor surrealista que exhibía en las situaciones más cotidianas; sus infalibles tácticas de seducción, empleadas por igual con hombres o mujeres; su fobia a la enfermedad, en especial a los constipados; su resistencia a dejarse retratar o a hacerlo ocultando el rostro; ese carácter suyo que por momentos la hacía parecer dulce y considerada, tan pronto como –«la nena terrible», la llamó Blas Matamoro– se tornaba caprichosa e intratable; su relación de amor-odio con la «hermana mayor»; así como su faceta de «vidente», que ya de niña espantaba a las empleadas de la mansión familiar –«Ve cosas que ni el diablo ve», decían– y que admiraba al propio Borges –«Nos ve como si estuviéramos en un cristal. Probar el engaño es inútil–; son solo algunas de las facetas del personaje en las que se detiene Enríquez y que, al tiempo que enriquecen nuestra comprensión sobre esa mujer de desmesurada imaginación que capta el retrato, mantienen cautivado al lector a lo largo de las doscientas páginas de la obra. Doscientas páginas que, ciertamente, terminan sabiéndonos a poco.

En el obituario que apareció publicado en La Nación el 15 de diciembre de 1994, Hugo Beccacece dejó escrito: «Todos los seres humanos son irrepetibles, pero los que la conocieron y admiraron saben que ella lo fue en grado sumo. Ha sido una de las mujeres más fascinantes de la Argentina, la verdadera reina de la gracia y la poesía.» Que en el año en que celebramos el centenario del nacimiento de Adolfo Bioy Casares –cuya estrella, junto a la de Borges, cegó parcialmente el brillo que irradiaba la obra de Silvina–, reivindiquemos la figura de la «hermana menor», constituye casi un acto de justicia poética. Hay espacio de sobra para los dos. Incluso para los tres, aunque Borges almacene luz para iluminar una galaxia aparte. En este sentido, libros como el que firma Mariana Enríquez que con tan buen criterio ha lanzado la chilena Ediciones de la Universidad Diego Portales dentro de un catálogo que crece con extraordinario acierto, además de un deleite, contribuyen a ir poniendo las cosas en su sitio.

Mi «hermana de», ni «esposa de», ni «amante de».

Simplemente, una escritora excepcional. Simplemente, Silvina Ocampo.

 

 

Mariana Enriquez La hermana menorFICHA DEL LIBRO
La hermana menor. Un retrato de Silvina Ocampo.
Mariana Enríquez.
Edición de Leila Guerriero.
Ediciones Universidad Diego Portales.
217 páginas.
ISBN: 978-956-314-276-1.
2014.

 

 

[Artículo publicado originalmente en FronteraD]

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