El genio rabioso: una carta de Roberto Arlt

 

Ha pasado a convertirse casi en un lugar común que Roberto Arlt (Buenos Aires, 1900-ibídem, 1942) no escribía bien, que era un especie de «ingenio lego», que poseído por su exacerbada sensibilidad, por su imperiosa necesidad de alumbrar (o exorcizar) a sus fantasmas personales, tenía serías dificultades para encontrar la forma.

Proverbiales han pasado a ser las faltas de ortografía que, aseguran, tachonaban sus escritos excitando los nervios de sus editores, y ni siquiera el reconocimiento postrero de la crítica, enardecido por la importancia que otorgaron a sus escritos sus compatriotas Julio Cortázar o Juan Carlos Onetti –«si algún habitante de estas humildes playas logró acercarse a la genialidad literaria, llevaba por nombre el de Roberto Arlt», escribió el creador de El astillero–, han servido para limpiar del todo esa imagen de escritor torpe y desmañado.

Algo de cierto, claro, puede haber en esto. Todos conocemos la formación autodidacta de este hijo de humildes emigrados alemanes; Arlt, además, escribió siempre con prisa, sin tiempo para pulir su prosa. Consideraba la literatura como un «lujo» que estaba obligado a practicar en «redacciones estrepitosas, acosado por la obligación de la columna cotidiana», como se encargó de señalar, terminando de allanarle el camino a sus detractores, en el célebre prólogo de Los lanzallamas:

«Para hacer estilo son necesarias comodidades, rentas, tiempo o sedantes empleos nacionales (…) Mas hoy, entre los ruidos de un edificio social que se desmorona inevitablemente, no es posible pensar en bordados»

A la vista de estas palabras, podemos estar tentados de pensar que Arlt antepuso su compromiso ciudadano, o su condición «de clase», a la literatura, a esa «belleza» que «ardientemente» le atraía cuando se perdía entre las páginas, por ejemplo, de su admirado Flaubert. Sin embargo, a poco que escrutemos su obra, salta a la vista que el escritor de Boedo, el de los bajos fondos, los marginados, las prostitutas, los macrós, poseía un magisterio sobre el idioma –¿o alguien puede pensar que fue una simple casualidad que fuese en Proa, revista del elitista grupo de Florida, donde fragmentariamente fuera dada a conocer El juguete rabioso?– muy poco frecuente, que era capaz de sacar a relucir incluso en aquellos textos espontáneos, de circunstancias, ya ni siquiera periodísticos, que no estaban destinados a las prensas. Es el caso de esta carta dirigida a su amigo Pedro Mario Olivescki que hoy, como contribución a la gran Biblioteca digital, hemos querido recuperar. Dada a conocer por su hija Mirta –gran estudiosa de su obra– con motivo de la edición de las Novelas completas y cuentos (Buenos Aires, Fabril, 1963), esta misiva fechada en 1935 supone un interesante testimonio para conocer la personalidad del autor de Los siete locos*.

Arlt,que se encontraba entonces en España, país que lo impresionó hondamente, como enviado del diario argentino El Mundo, donde había publicado con éxito sus Aguafuertes porteñas y para el que escribiría ahora una serie de semblanzas (Aguafuertes españolas) de un gran color e interés, despliega aquí su genio irónico y burlón para urdir un texto –es fácil suponer que escrito de un frenético tirón–mordaz y delirante, en el que convierte en una especie de divertimento la hiperbólica descripción de la precaria existencia que había de llevar en Madrid. Creado en uno de esos raptos de esplendor festivo que producía una personalidad con frecuencia irascible y sombría, la misiva, además de rebosar un espeso humor negro, supone un perfecto ejemplo, por qué no, de la capacidad del escritor para dar con la forma adecuada a lo que desea transmitir. Esa heterodoxa forma de escribir bien, al dictado de ese Dios o Diablo que le susurraban esas «inefables palabras» que tanto enervaban a los biempensantes de la hora, aquellos que por mero esnobismo se solazaban con los hedores excrementicios del Ulises a la vez que consideraban los alienados retratos de la vida porteña de Arlt como el colmo del mal gusto.

Merece la pena darse este pequeño homenaje y de camino homenajear a este todavía para muchos desconocido maestro de las letras hispanas del siglo XX.

 

Abril 4, Madrid
Querido Olivescki:
Te escribe el estómago agradecido de Roberto Arlt, no Roberto Arlt, que jamás se dignaría perder tiempo en dirigirse a un truhán de tu magnitud. Pero como el estómago predomina y es eje de esta humanidad, desciendo de mi pedestal, y digo. Yo te saludo hombre de la barba de diamante y de la espalda de oro. Te saludo con todo el respeto que me merece tu bien provista despensa. Y te saludo después del descubrimiento que he hecho anoche en la asquerosísima cocina de la pensión donde habilidosamente un canalla fascista, nazista mejor dicho, porque es alemán, me prepara un sarcoma a plazo fijo en la base del duodeno. Escúchame, honorable descendiente de la tribu de Leví: Resulta que eran las tres de la mañana, y hambriento daba vueltas en mi cama cuando di en la cruel ilusión de ir a proveerme de algo que merendar en la cocina de este que te digo, mi asesino a plazo fijo. Fui a paso de gato (el gato que tú eres) hasta la cueva donde el bandido guarda sus preciosos tesoros, y he aquí que descubro un candado flojamente cerrado, y abro lo que era un cajón con rejillas a un patio, un cajón con estantes, y en los estantes había platos con sobras, con pescado frito, con recolección de los platos que eran sobras de entremeses, y también había un pan de mantequilla, y un trozo de jamón, y yo me horripilé al ver esa disforme mescolanza de alimentos en diferentísimo estado de conservación, unos hediondos como el trasero de una simia y otros frescos relativamente, y también había requechos de verdura, como esos requechos que ornamentan la superficie de los cajones de basura, y había langostinos, pero langostinos en sus restos que dos días antes habíamos merendado, y fue tal el asco que me produjo toda esa incongruente mescolanza, que sólo le di un asalto épico al jamón y a la mantequilla, a una jarrita de leche y a un trozo de chocolate. Y una vez que me hube alimentado, razonablemente, me fui para la cama y me dije: ¡Oh, si Olivescki estuviera aquí! Dónde estará a estas horas ese descomunal rufián. Cómo gozaría de mis padecimientos. Cómo su larga y gorda lengua de vaca, se relamería la descomunal nariz pensando en la bazofia con que me envenenan. Pero tú no estás, Olivescki. No está tu diligente Maruja, ni la hermosísima y basta Encarna, ni la nerviosa y fina y egipcia Nara, ni el moluscoso Enrique, pesado como una bolsa de patatas. No, no estáis ninguno de vosotros, para compadecer mi existencia, digo, mi estómago, que malandrines bajo la figura de prudentísimos hoteleros, acechan con todas las crueles herramientas de la enfermedad. Y por eso te escribo. No yo, sino mi estómago. Mi estómago que ha echado dos manos para teclear en la máquina.
Recuerdo tu mesa, Olivescki. Recuerdo tu gesto doloroso cuando presentías un amago al pan negro o a la mantequilla. Recuerdo tu mirada ligeramente húmeda como de una ternera cuando me veías alargar el brazo hacia un garrafón de vino. Recuerdo ese gesto de alivio cuando yo decía que un plato no me gustaba. Recuerdo esa contracción nerviosa de todo tu corpachón de hombreador de fardos, cuando elogiaba una fuente bien cargada. Cómo padecías, canalla, al ver que mi estómago tenía capacidad para tus enormes viandas. Con qué odio me mirabas cuando yo, bien alimentado, aflojaba el cinto y te miraba irónicamente y te palmeaba las carnudas espaldas de cuadrúpedo satisfactorio. Has padecido y por eso escribo, porque como dice el Juez de Rascolnikoff, siempre se vuelve por el paraje del crimen. Y yo sé que de continuar merodeando por tu casa, tu gordura se hubiera derretido, tu fácil sonrisa de comerciante de baratijas deviniera una lánguida mueca, y que esa vitalidad que alardeas, se te hubiera convertido en un sistema nervioso de hilos de plomo que te mantuviera inmóvil en una silla. Pero me he ido y respiras. Sí, ya lo sé. Respiras. Respiras alegremente como novia, cantas alegremente y adornas tu testuz de buey con coronas de rosas y violetas. Eres feliz, canalla; eres feliz frente a tus libras de manteca, frente a tus odres de vino; te regodeas como un pavo real ante los bultos de tallarines, ante las cajas de conservas, frente a la fruta finamente protegida por volubles cortezas de papel de seda.
Eres el más rico de las Sagradas escrituras. Vives de la sangre del huérfano y de la viuda. El triangular ojo de Jehová te vigila. Tú te pavoneas frente a las trufas y las mórbidas frutas de la naturaleza, pero día llegará en que será castigada tu inhumana soberbia, tu ferocísima gula, día llegará en que el Angel de la Piedad te pedirá cuenta de su glotonería y te dirá:
–Qué has hecho, miserable: mientras que tu hermano, el grande, el digno, el hermoso Roberto Arlt, padecía penurias e iniquidades a mano de menestrales taciturnos, tú eructabas la abundancia que Dios ha enviado sobre tus desmantelados hijuelos. ¿Y qué responderás tú, taimado Olivescki? Dime, ¿qué responderás? Porque el Angel de la Piedad no es el traficante catalán a quien tú puedes embaucar con maléficas palabras. El Angel de la Piedad es justo y recto, penetra todas las intenciones, ¿y cómo justificarás ante él esos derroches de viandas, al tiempo que tu hermano sufría hambres, privaciones, miserias?
Grave punto es éste. Pero aun sin se tiene en cuenta que me has escrito una carta burlesca, jactándote de la abundancia que reinaba en tu mesa, mientras que la mía estaba desolada como la de la viuda, se descubre que a la iniquidad has sumado la contumacia. Lo menos que puede pasarte, empedernido Olivescki, es que se te produzca como a Herodes el Grande, una úlcera en el ano. Y que como a Herodes el Grande, gordos gusanos blancos te devoren el estómago. Y aunque te cubran con fango no se te aliviarán los dolores y aunque te den leche de perra a beber, no se te calmará el fuego que te devore las entrañas. Ten cuidado, no te jactes de la abundancia de tu mesa, porque se te pueden descalcificar los huesos, y quedarás tendido en un rincón, elástico como un aborto de goma. No es que yo desee ardientemente que te ocurra todo esto, pero hay muchas probabilidades de que te pase. Y me sería sumamente doloroso tener que ir a visitarte al muladar de Job, para alcanzarte una teja con que rascarás la picazón de tu carroña. Aparte de todo esto hermoso, supongo que me carta te habrá alegrado. Que la parvulita a la cual han puesto el oprobioso nombre de Tibidabo (que Dios le seque los testículos al que tal inventó) esté bien de salud, que tu mujer ídem, y que el matrimonio continúe queriéndose con la misma ternura de siempre. Yo feliz, me marcharé de aquí el 28. En cuando a la máquina fotográfica y a las alcahueterías malintencionadas que me transmites, no me interesan. Sé de sobra la catadura de esos artefactos con que se engaña la inveterada tontería de aficionados a mecanismos raros. Para cada idiota, un aparato, ha dicho no sé quién. Si sales a la calle, encontrarás otros varios aparatos que te interesarán. No quiero insinuar con ello que tú contengas varios idiotas, pero ten cuidado. Saludos a todo. Si tienes un rato de tiempo, escríbeme, te lo agradeceré. Cuéntame cómo marcha la Sepulturera y el barrio chino. Los recuerdo a todos ustedes con cariño.
Un abrazo de R.A.
 POSDATA: Con auténtica simpatía saludos a Maruja, Nara y Enrique. Queda exceptuado el señor Olivescki, cuya índole perversa es semejante a la del camello, cuya rispidez salvaje es tan cruenta que confunde los palos con caricias.

 

 

* La más reciente edición de Los siete locos se la debemos a Modernito books, quien ha contado con la ilustradora barcelonesa Mercè López para la bella edición de la obra publicada en 2013.

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