H. P. Lovecraft: ‘La sombra fuera del tiempo’ (Nevsky Prospects)

Dice el escritor Javier Calvo en la introducción que acompaña a la edición de La sombra fuera del tiempo que acaba de publicar, con sumo gusto además, Nevsky Prospects que ningún relato de H.P. Lovecraft establece el conflicto central de toda su obra de forma tan luminosa y radical como este que el lector tiene ahora entre sus manos. El conflicto al que se refiere Calvo (responsable en los últimos tiempos de la alabada traducción de la no menos ponderada La casa de hojas) es el que se establece «entre la mente moderna y su Otro oculto», esto es, «entre la conciencia científica y su inconsciente reprimido». A quienes, sin dejar de reconocer sus méritos como fabulador, sólo podemos preciarnos de conocer de un modo fragmentario la obra de este emblemático baluarte del terror pulp, no nos queda más remedio que dar por buena la afirmación del exégeta, pues, con independencia de que en otros de sus textos esta dialéctica cobre mayor o menor preponderancia, de lo que no cabe duda es de que en La sombra y el tiempo, esta oposición, la misma que se advierte en toda su obra entre Orden y Caos, y que adquiere nuevamente la forma de una «refutación», desempeña un papel crucial.

Nathaniel Wingate Peaslee, el profesor de economía política en la Universidad de Miskatonic protagonista de la obra, se va a debatir durante todo el relato entre la necesidad de someter a verificación sus propias experiencias y la certidumbre de que todo lo que le acontece, su vivencia, no sea sino el resultado de una alucinación, una alucinación, en todo caso, que va a dejar su impronta de un modo indeleble sobre su propia vida. Cuando un día cualquiera, el profesor sufre un colapso en mitad de una lección magistral, su existencia va a tomar una dirección imprevista que lo sume en un estado de la más turbadora alienación. Su mente (como su cuerpo) se va a convertir en el campo de batalla en el que se debaten fuerzas oscuras y misteriosas, primitivas, que se escapan a cualquier tipo de comprensión racional y que le van a empujar a una desesperada búsqueda, a emprender un doble viaje. Por un lado, deberá intentar recuperar el control sobre sí mismo, su equilibrio nervioso; por el otro, habrá de desentrañar a través de una arriesgada peripecia el origen y la causa de esas visiones que desafían toda lógica y que participan a un tiempo del delirio y del mito.

«Tras veintidós años de terror y pesadillas –principia el relato–, salvado de la locura tan solo por la desesperada convicción del origen mítico de mis recuerdos, estoy poco capacitado para responder de la autenticidad de lo que creo que descubrí en Australia Occidental en la noche del 17 al 18 de julio de 1935».

Lo que cree Peaslee que descubrió en Australia y que recogen las páginas dirigidas a su hijo que escribió en el camarote del barco que lo lleva de vuelta a casa, constituye el núcleo de una historia que avanza, o acaso más bien gira, por un territorio asolado por las brumas. Nada de lo que se nos cuenta aquí es definitivo. Todo juicio es provisional. No hay pruebas materiales ni evidencias irrefutables más allá de las que pudieran –pues siempre rige el condicional– encontrarse bajo las arenas de un inmenso desierto, custodiadas por el incesante vaivén de las dunas.

Esta indefinición, tan característica de la literatura del autor, que se prevale de la necesidad de apoyarse en el método científico para desarbolar tal pretensión desde el origen, y que según la perspectiva que adoptemos –o el humor del momento – puede llegar a resultar irritante, conforma la médula de la trama y en ella descansa su especial y alucinada tensión. Desde que el jueves 14 de mayo de 1908 se le presentara al profesor esa «rara amnesia» que lo alejará de los hombres hasta que casi treinta años más tarde el protagonista esté «en condiciones» de trazar una explicación plausible al cabo de un viaje que nunca llega a provocar el desvelamiento que se anuncia, vamos a asistir a una serie de transformaciones oscuras y solapadas.

¿Qué ocurrió durante esos cinco años en los que el profesor, convertido en un extraño para los demás e incapaz de sujetar las riendas de su propia existencia, se comportó como «si fuera un viajero de una tierra lejana», en los que poseyó «un dominio inexplicable de numerosas y casi desconocidas formas de conocimiento» mientras emprendía extraños viajes en los que, sin dejar de estar en contacto con talentos eminentes, absorbía a grandes tragos la realidad circundante y en los que tuvo tiempo de construir clandestinamente maravillosos artilugios elaborados con una tecnología inalcanzable para el hombre de su tiempo?  Dicho de otro modo: si la mente, la voz y los gestos del ser que despertó el 15 de mayo de 1908 no eran los de Nathaniel Wingate Peaslee, ¿qué o quién poseyó su cuerpo? ¿Fue uno de los receptáculos que acogieron la «migración masiva» de las mentes más destacadas de la Gran raza en su búsqueda por encontrar «otros cuerpos con mayor esperanza de vida»?  ¿Y dónde estuvo la verdadera personalidad del profesor durante aquel lustro? ¿Dormida? ¿Atrapada en el cuerpo de esos enormes conos iridiscentes cubiertos de escamas de diez pies de alto? ¿O acaso participó de un enigmático y perturbador «intercambio» ejecutado a través de los abismos del tiempo?

La puerta de entrada a este reino de oscuridad, en el que las dimensiones “corrientes” se subvierten y los asideros racionales dejan de funcionar, será en buena medida el sueño. Esos «ecos difusos y dispersos» que cada noche se depositan en la orilla del durmiente, esos «fragmentos brumosos e inconexos», iluminan con una luz esquiva una serie de figuras que siempre aparecen distorsionadas, superpuestas, en inextricable escorzo, conformando al final un pálido reflejo que muestra su esterilidad a la hora de penetrar en el misterio que subyace a la visión del iniciado: «No eran más que fragmentos brumosos e inconexos, y resultaba evidente que no se sucedían en el orden correcto». La «realidad tangible» termina escapándose como el agua entre los dedos para caer sepultada por el peso de esas monstruosas y laberínticas arquitecturas construidas por una raza legendaria que van poblando las visiones cada vez más espantosas del protagonista.

Sin embargo, como el propio Calvo se encarga de señalar, uno de los hallazgos del libro a la hora de plantear el conflicto entre mente moderna y Otro Mundo, reside en el hecho de que el tropo de la posesión que se enseñorea del protagonista, que lo mantiene esclavizado durante cinco años y que lo marcará por siempre, no tiene por fin conducir simplemente a este viejo explorador de un tiempo en el que por las rendijas del positivismo se adivina a qué va a conducir dentro de poco el Progreso, a adentrarse en unas catacumbas de un perdido paraje desértico de Australia, sino que es ese Otro Mundo el que lo posee. «El monstruo es él, literalmente. El horror está dentro de él». A lo que podríamos añadir: «y él lo sabe». Y con él el lector, el depositario colectivo de ese descubrimiento espejeante: el destinatario plausible de esa abyecta violación.

Frente al horror primigenio que espanta al explorador, a la «amenaza indefinible» que se cierne sobre él, solo le queda una búsqueda desesperada y una «huida demente» pintada con esos tonos inconfundiblemente lovecraftianos. Pese a las «limitaciones expresivas» de las que el propio traductor, Jon Bilbao, advierte en su prólogo a la presente edición y que se reflejan en el uso de ciertas repeticiones, del esquematismo de las tramas, de su supuesta incapacidad descriptiva, de la «adjetivación operística» que le confieren un sabor tan característico a su prosa, La sombra fuera del tiempo, que puede ser leído también como un vibrante libro de aventuras, despliega un verdadero catálogo de las grandes obsesiones del autor de Providence, entre las que destacan, como el propio título anticipa,  el problema del tiempo. Solo hay que recordar a este respecto cómo en “Nota sobre los escritos de literatura fantástica”, Lovecraft apuntaba: «La razón por la cual el factor tiempo juega un papel tan importante en muchos de mis relatos es debida a que es un elemento que vive en mi cerebro y al que considero como la cosa más profunda, dramática, espantosa y terrible del Universo. El conflicto con el tiempo es el tema más poderoso y prolífico de toda expresión humana.»  El tiempo, que tan pronto adopta una escala humana como se proyecta en eones ya sea hacia el futuro o el pasado, sume al protagonista en una angustia cósmica que nos sitúa frente a un tipo de terror –«vago y sigiloso», dirá Peaslee– de carácter bien distinto al habitual, en cuanto tiende a socavar los pilares más asentados de nuestra existencia, dibujando un “más allá” para el cual ni el pensamiento religioso, ni la psicología, ni las ciencias naturales pueden oponer respuesta y que condena al hombre, con lo que esto supone de cura de humildad, a ocupar un lugar insignificante en el cosmos, a ser algo así, en palabras el joven escritor Jesús Cañadas, quien recientemente ha publicado una novela con H.P.L. de protagonista, como un «ácaro para el universo».

De nuevo descubrimos aquí, pese a que su obra, compuesta por tres novelas cortas y unos sesenta relatos, fue relativamente breve, las claves por las que Lovecraft dejaría una profunda huella dentro de la literatura contemporánea, contribuyendo no sólo a forjar uno de los caminos más frecuentados por los cultivadores del género fantástico a lo largo del siglo XX, sino dejando su impronta también en escritores “serios”, como el propio Jorge Luis Borges. Salta a la vista que «el príncipe oscuro y barroco de la historia del horror del siglo XX», en palabras de Stephen King, compartía con el argentino su inclinación por las civilizaciones perdidas, los libros malditos, las sociedades secretas, motivos como el desdoblamiento de los personajes o el sueño, símbolos como el laberinto o el espejo, sin contar con lo que un crítico como Rafael Olea –basta pensar en Tlön– ha definido como «la intromisión de lo ficticio en la vida real». De este modo, aunque con su proverbial ironía Borges lo tachó de «parodista involuntario de Poe» al reconocer su deuda con el escritor norteamericano al «perpetrar un cuento póstumo de Lovecraft»  (“There Are More Things”), que el propio Borges tilda, creemos que con igual insinceridad, pues es magnífico, de «lamentable fruto»; y aunque –por citar otro ejemplo, pues no faltan acerados comentarios en otros lugares– en el capítulo “Novela policial, Science Fiction y el lejano oeste” de Introducción a la literatura norteamericana , amén de insistir en la estudiada imitación de Poe, lo más  lisonjero que le dedica al de Providence es que «Gustaba, como Hawthorne, de la soledad y aunque trabajaba de día lo hacía con las persianas bajas», sería terriblemente ingenuo por nuestra parte, por más que no pudiera disputar con Wells un lugar de honor en su panteón personal, suponer que Borges conocía simplemente de pasada la obra del norteamericano. Nadie, y mucho menos el autor de Ficciones, se habría permitido derrochar su tiempo,  aunque fuera únicamente para denostarlo –que ya hemos visto que no es el caso–, leyendo a aquel que solo es digno de abominación. Esto, por muy lejos que quisiéramos ir tras retomar “El Aleph” –que tantas similitudes presenta con “La lámpara de Alhazred”– y estuviésemos tentados de ver en el personaje de Carlos Argentino Daneri un trasunto del tipo de escritor que Borges pretendía caricaturizar en este mítico relato.

A pesar de que sus estilos son diametralmente opuestos en muchos sentidos –resultando el más evidente contraste el que se establece entre la exuberancia barroca de uno frente a la geométrica precisión del otro, aunque huelga decir que esta oposición merecería un mayor análisis– y de que sus coordenadas vitales no puedan menos que distanciarles encastillándoles en una excentricidad de orden bien distinto; a pesar también de su desigual posición dentro del “canon occidental” –en el que la exclusión conlleva necesariamente el repudio– no resulta difícil encontrar notas –por evitar las enojosas connotaciones que acarrea la palabra “influencia”– lovecraftianas en algunos de los más célebres relatos del escritor argentino, ya sea en textos como “El intruso”, “Las ruinas circulares” o “La casa de Asterión”. Mientras que de Lovecraft se ha dicho que olvidaba a sus personajes en beneficio de las «fuerzas» a que se enfrentaban, igualmente se ha acusado a Borges, con no menos ligereza, de anteponer las ideas a los hombres. También ambos comparten una visión escéptica del mundo, un desapego por lo real que les llevó a la construcción de mundos “paralelos”, su agnosticismo, el conocimiento enciclopédico y el haber tenido por nodriza a una biblioteca. Sin embargo, por paradójico que pueda parecer, pese a que ambos cultivan una escritura eminentemente libresca, no sería descabellado utilizar para Borges, aquellas palabras que Michel Houllebecq, reconocido admirador del autor de En las montañas de locura, cuyo descubrimiento en la adolescencia le produjo una fuerte conmoción, dedicó al de Providence: hay algo en él «que no es del todo literario».  Tal vez sea esta la marca de todo escritor verdaderamente auténtico.

Si como dijo Auden, el valor literario de un libro puede medirse por el número de lecturas diferentes que admite, podemos convenir en que el texto que ha motivado estos breves comentarios sigue cotizando al alza un siglo después de su composición. De este modo, aunque, como escribió Rafael Llopis, «el elemento fundamental de los Mitos, su materia prima —tanto desde el punto de vista genérico como estructural— es la angustia cósmica del ateo Lovecraft y su expresión simbólica onírica», aspectos medulares, qué duda cabe, también de La sombra, entre las múltiples lecturas que este y otros escritos mayores de Lovecraft suscitan la que ofrece Calvo nos resulta especialmente encaminada. Especialmente cuando dice que «la historia de los Mitos de Chtulhu es la historia de un destierro».

También es un delirio subyugante y de una extemporaneidad perpetua, por lo que su vigencia, casi un siglo más tarde, permanece intacta.

 

la sombra fuera del tiempo
La sombra fuera del tiempo.
H.P. Lovecraft
Traducción y prólogo: Jon Bilbao.
Introducción: Javier Calvo.
Rústica con solapa. 150 x 210 mm.
128 páginas.
PVP: 16 €.
Fecha de publicación: octubre de 2012.
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